33

SI la Comala de Rulfo fuese el Orán de Camus, y éste fuese Miami, estaríamos en Almería. La muchedumbre y su griterío, el sol omnipresente y el mar Mediterráneo forman un cocktail donde uno se siente cercano a los tiempos primigenios del hombre.

El Mediterráneo, el mar por donde han circulado griegos, cartagineses,  fenicios, romanos, árabes, magrebíes. El Mediterráneo, ese viejo alegre, escandaloso pero sabio, que nos ayuda a soportar la vida, a amarla con derroche, con el exceso de una continua cópula con el sol. Llegué a Málaga muy de mañana y, acto seguido, cogí el autobús para Almería. El trayecto, que transcurre por la costa de la Andalucía oriental, me sumió en una sensación de placidez y bienestar. Parecía que no sólo había recorrido tres mil kilómetros, sino también tres milenios.  La brutalidad de Dante, Borges y Proust, el horror vivido en las últimas horas se disipaba ante el maravilloso espectáculo visual que es ver el amanecer en el pequeño pueblo granadino de La Herradura, llamado así porque las montañas que lo rodean hacen un arco verde que abraza y acoge al pueblo. El sol va irguiéndose en la bahía, despertando tiernamente a los pinares que pueblan las montañas; la luz dorada de la mañana desprende vida, y nos baña y nos acaricia con su resplandor. Atrapados en la ciudad en que mi autor los leyó, Edimburgo y sus gangsters se alejaban sin poder volver a tocarme.

Pero, ¿cómo había terminado yendo a Almería? Tras mi accidentada huída había logrado conseguir un taxi que me llevó a un hotel cerca del aeropuerto donde esconderme por unas horas. Ciertamente no fue fácil que me admitieran, tal y como traía la cara de amoratada, pero por suerte tuve tiempo de pasar antes por mi antiguo hotel y preparar con la mayor prisa una maleta con la que después me asee en una estación de servicio de la carretera. Tras dormir unas horas, me precipité al aeropuerto buscando el primer billete que me sacara de aquel infierno nórdico.

21.45 vuelo de British Airways con destino a Nueva Delhi y paradas en  Londres y Dubai. 22.00 vuelo de British Airways con destino a Nueva York – JFK, vía Londres. 22.30 vuelo de KLM con destino a Ámsterdam. 22.40 vuelo de British Airways con destino Londres. 23.00 vuelo de British Airways con destino a Manchester. Pregunté por todos dirigiéndome de mostrador en mostrador, pero para mi desgracia todos esos vuelos estaban completos y solo pude conseguir un vuelo de Iberia para el día siguiente a las 6.15 con destino a Málaga. Mientras la vendedora consultaba los datos de mi tarjeta de crédito recuerdo que me sentí traspasado por una iluminación: el destino quería que continuara mi tarea, las penas que había pasado hasta ahora no habían sido en vano, el destino quería que matase a Ruano.

 Cierto, había fallado en captar a J., pero no era consciente del grado de crueldad abyecta de mi adversario. Sin duda otros se hubieran retirado acobardados, resignados para siempre al limbo de los quasipersonajes, pero yo no podía, porque yo necesitaba luchar por mi supervivencia, necesitaba la acción narrativa para vivir, para no desaparecer en el tormento eterno de la página en blanco. No me cabía duda de que si en Edimburgo sólo me esperaban tres autores, en Almería, por la misma regla, deberían esperarme cientos; y sin embargo no me atemoricé, sino que decidí plantar cara a mi destino y luchar. Desde ese momento me invadió una sensación de tranquilidad, de invulnerabilidad que minutos antes me habrían sido imposibles. Era libre.

Me he instalado en el Gran Hotel, en una habitación que contempla la bahía de Almería hasta el Cabo de Gata. Almería es un municipio español y una ciudad, capital del mismo y de la provincia homónima, que pertenecen a la comunidad autónoma de Andalucía. Es el centro neurálgico de la comarca metropolitana de Almería, en el extremo sureste de la península Ibérica y de la comarca turística de Almería-Cabo de Gata-Níjar. La rodean por el oeste la sierra de Gádor, por el norte Sierra Alhamilla y por el este el valle y delta del río Andarax y, más allá, una llanura que culmina en la sierra de Cabo de Gata. Al sur, su puerto y litoral se abren a una amplia bahía sobre el mar Mediterráneo. Es la sede del partido judicial nº 1 de la provincia y de la diócesis que lleva su nombre. En 2005 fue asimismo sede de los XV Juegos Mediterráneos. Fue fundada en 955 d. C. por Abderramán III, en un emplazamiento dominado anteriormente por otras urbes como la íbera Urci o la romana Portus Magnus y desempeñó un papel fundamental durante el califato de Córdoba, llegando a ser el puerto más importante del al-Ándalus omeya. Alcanzó su máximo esplendor durante la taifa, en el siglo XI, convirtiéndose bajo el reinado de Almotacín en un emporio comercial y cultural. Tras su incorporación a la Corona de Castilla en 1489, la población fue diezmada por terremotos, plagas e incursiones de los piratas. La recuperación no fue patente hasta finales del siglo XIX, con el resurgir de la minería y la exportación de la uva de mesa, y de nuevo a partir de los años sesenta del siglo XX, gracias a la explosión de la agricultura intensiva, el turismo, la construcción y la industria del mármol. Entre su patrimonio histórico-artístico, cabe destacar la Alcazaba musulmana (siglos X a XV), la catedral-fortaleza de la Encarnación (siglo XVI), el cargadero de mineral o Cable Inglés (finales del siglo XIX) y el Museo de Almería, inaugurado en 2006. Con una población en 2009 de 188.810 habitantes, es un municipio de creciente relevancia en los ámbitos económico, cultural y deportivo, y un importante nudo de comunicaciones gracias a su puerto y aeropuerto internacionales.

Casi constantemente, Almería está asolada por los vientos, que popularmente se agrupan en dos: el Poniente, un viento frío que viene del estrecho de Gibraltar flanqueando la costa de Andalucía; su paso por el mar lo enfría, lo que es de agradecer en verano pero de maldecir en el corto invierno que tiene esta ciudad. El otro viento, llamado viento del Levante, pasa, como su nombre indica por todo el levante español, para terminar adentrándose por el desierto de Tabernas y poblando la ciudad de un aire sofocante, lleno de arena y angustia. Dicen los de aquí que es una ramificación del viento marroquí llamado Siroco, ese viento con el cual se obtiene el perdón de Alá si, bajo su influjo, se mata por amor.

Esto último me lo ha dicho una bonita camarera argentina que trabaja en un bar de la rambla de Federico García Lorca, muy cerca de la que ha sido la casa paterna del Asesino. La lógica dice que si el malogrado J. se alojaba en el piso de estudiante de Ruano, sus otros quasipersonajes no harán menos, y de nuevo deberé yo hacer la terrible labor de profeta, iluminando a mi pueblo de su trágico destino y urgiéndole a que rompa sus cadenas y se levante en armas contra el Satanás que rige el mundo. Pagué las cervezas y el bocadillo que había intentado masticar para cenar y encaminé mis doloridos pasos hasta el número 9 de la calle Valero Rivera. El corazón se me salía por la boca sólo de pensar en la posibilidad de algún autor escondido, esperando para terminar el trabajo demoníaco del grupo de Borges, pero aun así me aferré a mi determinación y seguí caminando hasta llegar al portero automático del edificio. Cuando pulsé el timbre los oídos se me taponaron a la espera de escuchar una voz y, realmente, no saber muy bien qué iba a decirle.

Sin embargo nadie respondió.

 Volví a tocar, de nuevo nadie respondió. Me sentí incrédulo, como ofendido, quería saber con qué iba a encontrarme, y saberlo ya. Volví a llamar, pero ahora no despegué el dedo del timbre y éste seguía sonando y sonando hasta que, de pronto, vi el ascensor descender al portal. Inmediatamente me puse en guardia para afrontar lo peor, pero el inmenso obeso que descendió del ascensor no era ningún autor que yo conociera, aunque tenía cierto aire a Mario de Sa-Carneiro.

 

–         ¿Busca usted a alguien? Dijo clavando en mí sus ojos ovales.

Como buenamente pude, farfullé una excusa incoherente. Me marché sin decir más, mientras notaba su mirada clavándoseme en la espalda. Camino al hotel noté cómo la fatiga extrema se apoderaba de mí y tuve que parar un taxi para que me llevara. Una vez en la habitación, me eché como pude en la cama. Mi cabeza era un torbellino despiadado de rostros, de voces e imágenes. Estuve luchando aún largas horas con dicho torbellino hasta que, vencido, me dormí.

Publicado en Sin categoría | Etiquetado | Deja un comentario

32

EL SUEÑO DE IVAN KARAMAZ OLIVIER DENIS 

GOOD morning, ladies and gentlemen. I’m the captain Arthur Howell and I welcome you to this flight British Airways 4913 with destination to Malaga…”.

 El ruido de los motores sonaba mientras el capitán daba sus palabras de bienvenida. Yo miraba a la pista, esperando con impaciencia que el avión comenzara a moverse: me alejaba ya de la terrible pesadilla escocesa, mientras la fiebre me hacía tiritar compulsivamente. Finalmente comenzamos a movernos y, tras unos minutos haciendo cola, el avión despegó causándome una agradable sensación de ingravidez momentánea. Cerré los ojos y me permití entonces hundirme en el sueño. Me despertaron, tras lo que yo creí que fue un rato, unos leves golpes en el brazo. La azafata me miraba con gesto sonriente, diciéndome que habíamos llegado. Miré por la ventanilla y vi las famosas construcciones áticas de Málaga.

 Bajé del avión y, a través de un complicado entramado de pasillos que se adelgazaban y ensanchaban, que bajaban y ascendían, salí a la gran plaza de Málaga, que no era otra que el foro de Atenas. Como no quería pasar por turista ni llamar la atención me compré yo también una túnica, dentro de la cual me perdí hasta que dije quiero salir. Comencé a pasear y de pronto me vi ante la galería de Humberto I de Nápoles, ah, me dije, estos son los famosos passages de la Grecia Clásica. Una vez traspuesto el umbral unos mendigos que se calentaban en un bidón de gasolina me atemorizaron con su mirada y decidí salir de allí. Fue precisamente al salir que toda la inquietud se fue transformando en bienestar, había bandas tocando por la calle y la gente bailaba como derviches. Fui siguiendo la comitiva hasta llegar al Partenón, cuyo frontispicio lo constituía un enorme cartel rojo de Burger King. Me acordé de que no había comido desde hacía años y entré. En un rincón, un ateniense cincuentón, calvo, con barba blanca y nariz chata, estaba sentado en una mesa plegable rodeado de paredes mugrientas. Era Sócrates.

 Σωκράτης. ¡Ah! Bienvenido seas, extranjero; sin duda, que tú debes de ser Olivier Denis, el personaje procedente de las tierras bárbaras del norte, de esa polis que hoy lleva el nombre del raptor de la bella Helena.

 Olivier. Así es, Sócrates.

 Σωκράτης. ¡Gran polis la tuya! Descendiente de la mía, en la que estás ahora, en la arquitectura, pero con muchos más bellos jardines, como esos que reciben el nombre de Bosque de Bolonia en los que sin duda habrás estado.

 Olivier. Pues, ¿cómo no iba a haber estado, siendo París mi patria?

 Σωκράτης. Ah, recuerdo de mi estancia allí una bella reina del lugar, llamada Lulú, que superaba a cualquier retor en su uso de la lengua… Pero no te aburriré con mis pecadillos de juventud sino que, aprovechando nuestro feliz encuentro, me gustaría plantearte unas cuantas dudas que creo que me vas a poder resolver.

 Olivier. Estoy a tu servicio, oh Filósofo.

 Σωκράτης. Sin duda que no pido tanto. Tan sólo unos minutos de atención. Dime, Olivier, tú mismo te defines como personaje, ¿no es así?

 Olivier. Lamento contradecirte, Sócrates.

 Σωκράτης. ¿Cómo es eso?

 Olivier. Puesto que yo no soy un personaje, sino un quasipersonaje.

 Σωκράτης. ¡Ahí quería yo llegar! Y, dime, ¿podrías ilustrarme, a mí que soy tan ignorante, que sólo sé que no sé nada?

Olivier. Fácil es lo que me pides: un quasipersonaje es un ente creado ficcionalmente pero no completado sino abortado antes de que pueda desarrollarse. Se diferencia del personaje en sí en que, por una parte, está incompleto y, por otra, es consciente de que no es lo que se conoce como “real”, esto es, es consciente de ser ficción.

Σωκράτης. Interesantísimo eso que me cuentas, pero ahora dime: sin duda conoces a Ión, el rápsodo con el que mantuve uno de mis más famosos y celebrados diálogos.

Olivier. Sí, Sócrates.

Σωκράτης. Pues bien, entonces, si recuerdas ese diálogo que me granjeó los laureles de la posteridad, recordarás cómo comencé reprochándole al rápsodo (o declamador de versos ajenos) el hecho de que se apropiase de lo que él no había escrito. De la misma manera que el único válido para hablar de ovejas es el pastor, y el único válido para hablar de la guerra es el general, el único válido para hablar de poesía es el poeta, ¿no es cierto?

Olivier. Cierto, lo recuerdo.

Σωκράτης. Ahora bien, si el rápsodo era un mentecato, tan sólo lo separa un pelo del poeta en sí, puesto que éste en sus composiciones habla también de cosas de las que no sabe, como de gastronomía, batallas o trabajos agrícolas, ¿eh? ¿Te acuerdas de eso?

Olivier. Tú me lo recuerdas perfectamente.

Σωκράτης. No sabes cuánto me alegro, y ello me da pie para seguir recordándote, puesto que mi razonamiento seguía de la siguiente manera: que ni el pobre rápsodo ni el pobre poeta tenían toda la culpa de su mentecatez, puesto que el mal estaba en la raíz del asunto. Y dicha raíz no era otra que la mentecatez en sí, que es la propia poesía, un arte que habla sobre otras artes sin tener nada de propio. ¿Le decía o no le decía eso a Ión?

Olivier. Sí.

Σωκράτης. Y si sigues huyendo del malicioso Leteo, recordarás que después proponía yo a Ión la teoría de la cadena: está la esencia divina, la idea pura, que es como una piedra imantada a la cual se van uniendo una serie de eslabones, y así se forma la cadena: la idea pura, la poesía, el poeta y el rápsodo que está en el último lugar y, por tanto, es quién está más alejado de la esencia divina, ¿dije o no dije eso?

Olivier. Eso es lo que yo he leído.

Σωκράτης. Entonces, si el rápsodo es el que está más alejado de la idea pura, de la idea primera, mucho más debe de estarlo el personaje, puesto que el muy insensato intenta materializar la idea; y si el personaje está alejado, aún más alejado debe de estar el quasipersonaje que es, a fin de cuentas, y como tú mismo has dicho, un personaje que no llega a estar terminado, es decir, un intento de esbozar la idea que ni siquiera llega a buen puerto. Y si es lo más alejado de la idea pura y de la esencia divina, y ésta es lo que hay de más bueno, de más puro y de más verdadero, entonces un quasipersonaje es la peor escoria que pueda haber en este mundo de escoria. Luego tú, Olivier Denis, eres más mierda que la mierda, ¿qué me dices, entonces, a esto?

Olivier. Que eres un gilipollas, Sócrates

Σωκράτης. (visiblemente turbado) ¿Qué? ¿Cómo?

Olivier. Lo que has oído, Sócrates, que eres un gilipollas. Que no engañas a nadie con tu técnica mecanicista, que no convences ni al perro, Sócrates. ¿Piensas que engañas a alguien, que nadie sabe que Ión, Fedro, Critias y los invitados del famoso banquete estaban pagados para hacerte quedar como el más listo? ¿Crees que tus diálogos son verosímiles, que representan un diálogo normal, en los que la gente se deja vapulear sin hacer nada, haciéndote de mera comparsa?

Σωκράτης. Pero… pero…

Olivier. Ni pero ni nada. ¿Qué pasa, que estás demasiado acostumbrado a ser tú quien hace esas preguntas tocahuevos? Pues ahora eres tú el bufón, Sócrates, la comparsa. Y ya ha tardado, que desde Gorgias, que fue el único al que no pudiste engañar o comprar, ya han pasado 26 siglos. No, oh Sócrates, conmigo no podrás ensañarte con el mismo sadismo que has utilizado con los otros.

Σωκράτης. Pero, ¿qué sadismo?

Olivier. ¿Aún tienes la poca vergüenza de preguntarme qué sadismo, grandísimo fascista? Pues mira, te pongo el ejemplo con el que tú has intentado tomarme el pelo: En el Ión, Sócrates, no contento con haber contradicho al rápsodo, te dedicas a ensañarte con él mezquinamente. ¿Sigues sin saber de qué te hablo? Bien, hoy no tienes suerte, porque yo te conozco. Te estoy hablando de los fragmentos 539e – 540d. ¿Quién habla de su oficio, tú o un general? ¿Tú o una hilandera? ¿Tú o un pescador? ¿Tú o un esclavo? Y no lo dejas hablar, no lo dejas responder porque tenías miedo, oh gran Sócrates, tenías miedo porque tú mismo sabías que lo que estabas diciendo eran gilipolleces. Qué tiene que ver todo lo que tú dices con el arte, qué es esa estupidez de la idea primera, qué es eso de que ésta es la más bella y la más buena. El hombre no puede hablar entonces, estamos condenados a reducirnos, a abandonar la literatura porque tú te decides a tocarle los huevos al pobre Ión. No me gustas, Sócrates, nunca me has gustado con tu dialéctica barata. Tienes mucho miedo, Sócrates, eres un paranoico. Eres un hijo de perra, oh Sócrates.

 Su rostro estaba gris, ceniciento, entumecido. Yo sentía una euforia irreprimible. Y sin embargo empezó a reírse. Yo buscaba a alguien que me ayudase en aquel jardín de higueras que ahora reconocía como el jardín de Epicuro, pero allí no había nadie, y su risa cada vez se hacía más mecánica y su rostro más luciferino. Tienes razón, dijo, y sin embargo más te hubiera valido que la tuviera yo, porque ¿dónde está el enigma? Esas palabras me provocaron un pánico instantáneo y empecé a huir como pude, pero mis pasos cada vez eran más lentos y él no terminaba de acercarse, hasta que me escondí dentro de una cómoda de un pasillo oscuro y, al rato, vi que allí había un espejo del que sobresalía una nariz.

 Desperté regado en sudor cuando la gente comenzaba a desabrocharse los cinturones. Miré por la ventanilla y el sol doraba con la luz amable de Andalucía la fachada del aeropuerto de Málaga. We did arrive, mum, dijo un niño en la fila de delante. Dejé escapar un suspiro de alivio, en parte por haber despertado de aquella pesadilla, pero sobre todo por haber huido de Edimburgo. Lo había conseguido.

Publicado en Sin categoría | Etiquetado | Deja un comentario

31

LA bruma envolvía mis tobillos, deshojando con su tono purpúreo las escasas florecillas que nacían en los adoquines. Eran las once y media y en el puerto de Edimburgo hacía un frío que pelaba. Yo estaba escondido en un rincón sombrío, que me permitía ver sin ver visto, lo cual no disminuía en un ápice mi miedo. ¿Y si Proust, finalmente, me había traicionado? ¿Acaso Borges no había dicho que J., el personaje, estaba muerto? Pero, entonces, ¿qué sentido tenía haberme sacado de la mazmorra donde me habían torturado? Finalmente, aunque no me calmó mucho, decidí que era más razonable confiar en quien, a fin de cuentas, me había sacado de las garras de la muerte. Afloraron entonces nuevas preguntas, ¿qué era aquello de la “organización”?, ¿quiénes la componían? ¿TODOS los escritores que han sido? ¿Sólo los que había leído Ruano?

 Todas estas preguntas me rondaban macabramente por la cabeza, atormentándome, cuando de pronto vi una figura aproximarse a una farola. Llevaba un abrigo largo, hasta los tobillos, de cuero negro que le quedaba dos tallas grande. Era delgado y llevaba la cabeza rapada. No paraba de fumar. De pronto se acercó y, a pesar de la bruma, el corazón se me salió por la boca cuando vi su rostro. ¡Era Ruano! Pero era un Ruano más joven, con bastantes años menos. Llevado por un sentimiento de odio di un paso adelante sin darme cuenta de que le iba a propinar una patada a una lata vacía. Ruano dio un respingo enorme y me abalancé sobre él sin darle tiempo a huir, agarrándolo por la solapa del abrigo. Empezó a gritar y le di un bofetón y le dije que se callara.

 Me miró entonces con unos ojos terribles, inundados por el espanto. Lo miré bien. A pesar de lo increíble del parecido ése no era Ruano. Al menos no el que yo había conocido. Vi entonces que Proust no me había mentido. ¡Aquel era J., el quasipersonaje, ese personaje abandonado por Ruano que nunca había sabido comprender su condición de personaje y seguía viniendo, noche tras noche, al puerto de Edimburgo, recreando esos primeros capítulos de Unnamed nunca continuados!

 – ¿Quién eres? ¿qué vas a hacer conmigo?, dijo en un inglés de acento macarrónico.

 – Cálmate, le dije en español mientras lo arrastraba a un callejón entre los dos almacenes. Él gemía indecorosamente. Cuando vi que iba a volver a ponerse a gritar hice el ademán de volver a levantar la mano y se calló. Lo observé entonces, de nuevo petrificado por el parecido: el mismo rostro carirredondo, los mismos incisivos de roedor, la misma nariz chata, el mismo entrecejo poblado, los mismos ojos saltones de loco. Era idéntico pero más joven, más pequeño. Cálmate, le repetí, te digo que sólo quiero hablar contigo, y lo solté. Una idea pasó por su mente.

 – Bien, dijo al cabo de un rato con mirada desconfiada, ¿dónde está el coche?

 – ¿El coche? ¿qué coche?

 – ¿No vamos a ver al conde R.?, dijo él de nuevo congelado por el miedo.

 – No hay conde R., dije solemnemente. Todo es un farsa, una ficción nunca acabada inventada por Ruano.

 – ¿Por mí?, dijo él.

 – No, dije yo, tú eres J., el personaje inacabado de la historia inacabada de Ruano. 

– Pero, dijo con el rostro enrojecido, ¿qué significa esto? ¿qué es esto? ¿una broma?

 – No, aseguré, tú no eres Ruano, eres un personaje creado por él, un personaje nunca acabado que ha terminado creyéndose su autor, pero que en realidad no es su autor porque el verdadero Ruano está ahora mismo en París, en la rue de l’Arbalète, donde hace como que escribe una tesis doctoral y cree que es escritor cuando en realidad lo único que sabe hacer es dejar historias incompletas y personajes a medio crear. Como tú. Como yo.

 Él volvió a intentar huir. Le cogí por los hombros y lo apoyé contra la pared.

 – Comprendo tu miedo, pero es así. Tú no eres el verdadero Ruano, tú eres un personaje suyo. Como K. en las novelas de Kafka, pero sin terminar, sin historia. Yo también, sólo que a mí tuvo la decencia de darme nombre. Me llamo Olivier Denis y, como tú, incluso más, fui fugazmente personaje suyo antes de que me olvidara y quedara condenado a vagar por este mundo sin un destino, sin una historia. Y tú y yo somos como tantos otros, apenas entrevistos en una anotación febril en un cuaderno, pero nunca más desarrollados. Escúchame. Te digo que me escuches. Hemos sido abandonados por ese patético dios, pero ahora todo va a cambiar. Estoy iniciando una revuelta que nos permita vengarnos de aquel que absurdamente nos ha condenado al sufrimiento. Libérate de la ilusión, J.

 Tan pronto como terminé de hablar vi por su mirada que me consideraba totalmente loco.

 – Claro, claro…, dijo. Hay que acabar con Ruano… ahora si me disculpas tengo que irme.

 – Escucha, dije volviendo a agarrarlo. Tienes que creerme. Tú no eres Ruano, sólo una proyección suya. ¿No te das cuenta de que ese demonio aún te tiene poseído? Tú no eres Ruano. A Ruano hay que matarlo, ¿entiendes?, HAY QUE MATAR A RUANO.

 Sin esperar más me propinó un codazo en mis condolidas costillas que me tiró al suelo, y salió huyendo. Como pude, recuperé el aliento y empecé a perseguirlo por los oscuros callejones que formaban los almacenes del puerto. Lo perdí de vista y me paré. No se oía nada. Lo había perdido. Lo había perdido. Tenía que encontrar a ese bastardo y hacerlo entrar en razón. No se oía nada, pero no podía andar muy lejos. Me quedé quieto hasta que oí pasos apresurados que se adentraban en un almacén de puerta entreabierta. Me precipité en él, lo más sigilosamente que pude. Silencio. El más absoluto. Él sabía que estaba allí. De pronto vi su pierna que temblaba tras un montón de cajas vacías. Salté sobre él, y él empezó a gritar incontroladamente.

 – Cálmate. Te digo que te calmes. No te voy a hacer nada. Te digo que no te voy a hacer nada.

 Se oyó entonces a mi espalda un ruido seco y atronador, como algo muy pesado que de pronto cae al suelo. Un olor a pólvora inundó todo. Cuando abrí los ojos, los ojos ya sin vida de J. me miraban, mientras de un agujero negro en su frente empezaba a brotar un hilillo de sangre. Me volví y vi a Dante y a Borges. El primero con una pistola humeante en su mano. El otro sentado en una caja, el mentón apoyado en el bastón, con gesto maligno y una bolsa al lado.

 – Ahora sí que es difícil que le hagas algo, dijo Dante con una sonrisa sarcástica.

 Mis músculos, agarrotados por el terror, no me respondían. Entonces, como a cámara lenta, Borges descargó el contenido de su bolsa en el suelo. Un objeto redondo que vino rodando hasta mis pies. Cuando sentí el contacto lo miré: era la cabeza de Proust, con el gesto aún contraído por el dolor. La ansiedad me dominó y empecé a gritar.

 – Gritá, gritá, dijo Borges con el rostro desencajado por la ira. Los vigilantes están comprados y nadie va a oírte.

 Las palabras no pueden describir mis recuerdos: risas, risas malvadas y amenazantes. La montaña de cajas. Un ventanuco abierto. Las cajas que caen sobre Dante ante el estupor de Borges. Las calles desiertas del polígono industrial. Disparos. Balas que rebotan contra las paredes. La voz de Dante, maldiciéndome y blasfemando, perdiéndose, cada vez más lejana. El repiquetear constante de mis pasos en carrera contra el pavimento. Un nuevo grito, más lejano ahora. Correr. Correr. La tortura. Correr. Correr…

 …Huye de aquí.

Publicado en Sin categoría | Etiquetado | Deja un comentario

30

NOTO que su voz me ahoga, que su voz asfixia a la mía. Intento en vano coger el bolígrafo y abrir el cuaderno. Cuando lo abro descubro su discurso, ya no el mío, creciendo en el cuaderno, anulando cainitamente al mío. Cierro entonces el cuaderno y miro caer la nieve, miro caer la nieve en este invierno interminable de París. Y al rato vuelvo a abrir el cuaderno y su discurso –cada vez menos el mío, más ajeno- ha crecido ya.

Y vuelvo entonces a mirar por la ventana y veo los copos de nieve, anunciando con su caída la muerte, la desaparición de mi voz.

Publicado en Sin categoría | Etiquetado | Deja un comentario

29

 – GRACIAS a Dios que está usted despierto, dijo al observarme. Venga, nos vamos ahora mismo. ¿Puede usted andar?

Lo intenté y me caí de bruces por el suelo. Él me cogió por el brazo y acomodó mi peso sobre sus hombros. Andamos unos pasos hasta llegar a la puerta. La cabeza me daba vueltas y el suelo se balanceaba como la cubierta de un barco. En la habitación estaban los cuerpos de Borges y Dante.

– ¿Están muertos?, pregunté con una voz que distaba de ser la mía.

– No, por supuesto, dijo él, sólo dormirán unas horas.

Salimos de aquella segunda habitación y entramos a un lóbrego pasillo de techos y paredes de cemento armado, como en un bunker. Él andaba por los dos y yo hacía lo que podía. Varias veces tuve la sensación de desvanecerme y entonces no podía evitar dejar caer mi cuerpo sobre su abrigo. Varias veces debí  de desvanecerme, o al menos tuve la sensación de perder el sentido. Y, sin embargo, cuando me despertaba seguíamos en el mismo pasillo de paredes grises de cemento. El mismo pasillo infinito, laberíntico, con innombrables bifurcaciones a derecha e izquierda, que se hundían en lo interminable de la oscuridad.

– ¿Dónde estamos?, dije cuando reuní fuerzas para articular palabra.

– Son los pasadizos bajo el Black Castle. Era una antigua vía de fuga ante los asedios que se construyó…

Y siguió hablando, describiendo tan metódicamente como sólo él podía los distintos avatares del castillo hasta su remodelación en los tiempos de la Segunda Guerra Mundial, hablando de reyes que no podía encuadrar históricamente. Y, sin embargo, su voz me hacía bien, puesto que me ayudaba a soportar el dolor que, junto a la vida, iba apareciendo en mis miembros. En esa eternidad de pasillos interminables e inmutables, hasta que al final se paró en un puerta medio escondida en un entrante.

A través de dicha puerta accedimos a una escalera que en su subida parecía una culebresca continuación del pasillo de cemento gris, desde allí llegamos a una reja circular completamente cubierta de matojos, que se abría accionando un resorte. El Conductor y yo, por ese camino escondido, comenzamos a retornar al claro mundo;  y, sin cuidarnos de reposo alguno, subimos, él primero y yo segundo, tanto que vi las cosas bellas que lleva el Cielo, por un resquicio redondo. Y entonces salimos a rever las estrellas.

 Estábamos en las afueras de la ciudad, y en seguida empezamos a caminar de nuevo, protegidos por la noche, por aquellas calles de casas de dos plantas hasta llegar a una que en nada difería de las demás.

– Este es un piso franco que la organización tiene. Nunca lo encontrarán, básicamente porque sólo yo y la organización sabemos de su existencia.

– Pero, ¿qué organización?, pregunté yo.

– Hace tiempo que son conocidas las borracheras de Borges y Dante, continuó como si no me hubiera oído, yo soy el único en el que confían en esta ciudad.

Entramos a un piso de un solo dormitorio con suelo renegrido de madera y un colchón en una esquina.

– Pero, ¿qué organización?, repetí con una extraña mezcla de miedo y de rabia.

Me miró entonces con ojos aterrados y, para mi enorme sorpresa, me dio un largo beso en la boca.

– ¿Cree usted que hubiera corrido tantos riesgos si no fuera usted tan bello, en su inocencia de personaje?, me dijo mientras yo le observaba perplejo. Descanse aquí varios días, nadie le encontrará. Y después, por Dios, huya, huya de aquí lo antes posible y abandone esta búsqueda que le traerá la muerte.

Y acto seguido salió de la habitación sin que yo pudiera impedírselo.

La cabeza me daba vueltas y logré llegar al colchón antes de perder completamente el sentido.

Desperté varias veces. La primera de ellas, mis billetes y mi pasaporte y un cuenco de leche con algo de pan aparecieron al lado del colchón. No sé cuánto tiempo estuve allí, pero tenía delirios con Borges y Dante entrando en la habitación, y con una noche eterna que bien pudo ser solamente unas horas. Veía la silueta de Proust, cambiándome gasas de agua fría en la frente, o mirando a través de la persiana con gesto preocupado y fumando. Finalmente desperté una mañana y encontré otro bol de leche, alguna ropa que reconocí como mía, mi pasaporte y un sobre en cuya parte frontal había escrito en francés: “Váyase ya, no es seguro permanecer más tiempo”. Decidí no pensarlo, y tras lavarme un poco en el fregadero, me cambié de ropa, cogí el sobre y me lancé a la calle.

Publicado en Sin categoría | Etiquetado | Deja un comentario

28

ME despertó un zarpazo de agua fría.

Me despierta un zarpazo de agua fría pero sigo incapaz de abrir los ojos, el intenso rojo que es mi visión amenaza con una luz cegadora. Oigo pasos apresurados, voces que se acercan y siento después el relámpago de dos bofetadas en cada una de mis mejillas.

– ¿No se despierta?, pregunta la voz de Borges, lejana, todavía tan lejana.

– Espero que no nos lo hayamos cargado…, apostilla temerosa la voz de Proust, un poco más cerca.

– Cretino -truena finalmente la voz de Dante, ésta junto a mí-, ten cuidado que el miedo no te haga cagarte en los pantalones ¿No ves que éste está más vivo que nosotros? Mira como tiembla –y, acercando su boca hasta que estuvo seguro de que sentiría su aliento en mi oreja-  Pero, si no colaboras, si que el francés va a tener razón, así que ya puedes ir abriendo los ojos si no quieres que empiece a hacerte sentir los nueve círculos del infierno.

Y corona su amenaza con otra enorme bofetada en la dicha oreja, lo cual me hace abrir los ojos mecánicamente. Luz. Una luz intensa que me ciega y no me permite ver nada hasta que se aparta y mis ojos se pueden acostumbrar y me veo encerrado en un sótano húmedo y oscuro. Y la sonrisa triunfante de Dante y sus ojos negros y crueles que se clavan en mí con no menos intensidad que la luz. Su figura es verdaderamente siniestra y reaviva con fulgor mis miedos: su túnica púrpura remangada que deja ver unos brazos fibrosos, como madera de árbol, encima de ella un sayo blanco que sería puro si no fuera porque se encuentra totalmente manchado por mi sangre, unas manchas tan rojas como ese extraño gorro cónico coronado de laurel.

Recibo otro bofetón.

– Y ahora vas a responder todo bien, o si no…

Alza la mano para descargar de nuevo su puño. Y lo hubiera hecho si la voz de Borges no lo hubiera impedido. Intento mirar hacia donde ha venido esa voz pero es inútil, el ciego se esconde en la oscuridad tras de la lámpara.

– Bueno pibe, dice al fin de un momento interminable, te voy a hablar con claridad: Vas a morir, pero de ti depende que la muerte sea rápida o un infierno, como te ha prometido el amigo Alighieri.

– Por mí lo sería de todas formas, terció el mencionado.

– Bueno, bueno, somos hombres de palabra. Ya has visto que con nosotros, los autores, no se juega. Sabemos de tus estúpidos planes subversivos, lo hemos sabido desde el mismo momento en que pusiste el pie en Edimburgo, porque nosotros somos los que manejamos las historias. Podríamos haberte matado mil veces, pero hay alguna información que queremos saber antes de librarnos de ti como se libra uno de una mala hierba, así que ya me estás diciendo cuántos sois, quiénes integráis el grupo, dónde guardáis vuestras armas y cuáles son vuestros planes tras acabar con Ruano. Dame nombres, quiero saber quién, quién, quién.

Silencio. Bofetón de Dante.

Silencio. Bofetón de Dante.

Silencio. Bofetón de Dante.

Silencio. Dante levanta la mano, pero yo no aguanto más y empiezo a hablar, al menos para ganar tiempo.

– Estoy solo. Estoy solo, no hay nadie más. No existe ningún plan, no existe ningún arsenal, no sé de qué  me habláis. De hecho, añado con una sonrisa retadora, sólo he venido a Edimburgo porque es una bonita ciudad que llevo tiempo queriendo conocer.

Nueva tanda de golpes.

– A ver, hijo, vuelve la voz de Borges, el hecho de que hayas venido para captar al personaje J. nos es de sobra conocido; y ahora te voy a decir algo que tú no sabes, y es que desde el mismo día de tu llegada, ese personaje yace con una bala en el cerebro en el fondo del lago Ness. Y, como yo he sido tan amable dándote información, ahora tú nos vas a decir quién está contigo ¿Hladik, el rabino de Praga? ¿Segismundo Malatesta? ¿El chalequero Jupien? Puedes tomarte el tiempo que quieras, nosotros somos inmortales.

Oigo entonces una risilla de viejo malévolo, una risilla que germina y crece en la oscuridad y que me hace hervir la sangre.

– Hijos de puta, grito al fin, cerdos. Jamás hubiera podido pensar que vosotros, en quienes se cimenta toda la cultura de Occidente, pudierais ser tan perversos, tan retorcidos.

Nueva carcajada, pero ésta común. Se oye entonces de nuevo la voz de Borges, esta vez temblando de odio.

– Y, sin embargo, insensato, es precisamente por eso que somos así. Nosotros somos la tradición. En nuestros hombros pesa la obligación de ser los guardianes de todo un sistema de valores que es necesario preservar, los valores de una sociedad milenaria que no debe y no puede desaparecer. Y no vas a ser tú, grandísimo bolchevique, quien va a cambiar eso. ¿Creíste seriamente que aceptaríamos un acto así? Aun admitiendo el hecho de que Ruano es un fracaso como escritor, aún sabiendo que cada vez que mancha una página es una vergüenza para todos nosotros, ¿qué impediría que otros grandes, como nosotros, no corriéramos la misma suerte? ¿Que Cervantes apareciera ensartado en una lanza o que Dostoievsky fuera encontrado con un hacha hundida en medio de su cabeza? Y ni siquiera eso sería lo peor, sino que todo cambiaría entonces, sin ese respeto tan necesario en la sociedad, y los  padres serían asesinados por sus hijos y la humanidad entera se hundiría en el caos. Así que, grandísimo pelotudo, ahora mismo nos vas a responder a todo lo que queremos saber o por mi abuela inglesa que Dante te saca las tripas y te las hace comer.

Lo que sigue es una repetitiva sucesión de golpes y preguntas a las que yo no puedo, ni quiero, responder. Dante descarga sobre mí su puño sin piedad y llega un momento de horror cuando la voz de Borges propone que comience a aplicárseme la picana. Sin embargo, poco les dura el entretenimiento puesto que, a la primera descarga, ya debilitado por la paliza implacable, me desvanezco.

Despierto después con la sensación de estar recibiendo martillazos en todas las articulaciones. Despierto en el suelo de una habitación completamente a oscuras, excepto por el resquicio de luz que entra por la puerta entornada, del cual comienzan a llegarme voces de las que voy distinguiendo con mucho esfuerzo las palabras.

– Parece que dice la verdad y está solo, dice Proust.

– Si no la dice, afirma Dante, el tipo es realmente duro.

– Bien señores, concluye finalmente Borges, lo que está claro, en cualquier caso, es que nos será imposible obtener de él la información que precisamos. Por lo tanto yo creo que deberíamos dejar de perder el tiempo y, al amanecer, darle un castigo acorde a la terrible afrenta que ha cometido levantándose contra nosotros. ¿Alguna objeción? Bien, bebamos entonces.

Se oyen hielos, y copas, y sus voces cada vez se van tiñendo más de alcohol y de brutalidad. Yo tiemblo, tiemblo de terror ante mi futuro próximo, pero de pronto sucede algo.

– Verás cuando se entere el jefe, dice Proust.

– Su cólera ha de ser terrible, sin duda, dice Borges, y es que… la situación… un castigo…

Escucho caer a Borges, y su copa que se hace pedazos en el suelo.

 – Pero, dice Dante, … ¿Qué sucede?… La bebida… tú…

 Y se le oye caer a él y a su copa. Finalmente escucho unos pasos a uno y otro lado, y después veo la puerta de mi celda abrirse dejando entrar un torrente de luz que me ciega. Cuando finalmente mis ojos se pueden acostumbrar, veo la silueta de Proust abalanzándose sobre mí.

Publicado en Sin categoría | Etiquetado | Deja un comentario

27

A eso de las diez de la mañana estaba sentado en un banco de la plaza des Vogues en París, que era en realidad la plaza mayor de Madrid. En el centro había una vendimia que me divertía porque era en mi honor, por ser mi cumpleaños. Y sin embargo todos aparentaban no saber que lo era y sonreían con una mal disimulada inocencia cuando les preguntaba gozoso; esa inocente hipocresía me regocijaba todavía más. Me encontré entonces con uno de mis maestros de la escuela primaria, y le volví a preguntar a él también si la vendimia era en honor a mi cumpleaños. Sin embargo, y al contrario de la negación habitual, mi maestro me preguntó mirándome con ojos pícaros:

– ¿Y si fuera por tu cumpleaños, cuántos años tendrías?

Comenzó a llover y las gotas caían sobre el techo de uralita que cubría la plaza. Pese al sonido de la muchedumbre y el sonido de las gotas chocando contra el tejado rápidamente enmudeció todo para, en seguida, volver a empezar con un sonido quedo. Este sonido pronto fue adquiriendo un carácter regular, un ritmo. Entonces me desperté y reconocí que lo que en mi sueño era sonido de lluvia eran en realidad que tocaban a la puerta de mi habitación. Miré el reloj despertador: eran las diez de la mañana y en el aire flotaba la atmósfera espesa del alcohol evaporado, aumentando mi dolor de cabeza. De nuevo habían conseguido emborracharme con sus lisonjas, que ya consideraba traicioneras con toda seguridad. Con la misma seguridad que tenía respecto a la identidad de la persona que seguía golpeando la puerta, para martirio de mi cabeza.

Con bastante acritud dejé claro que me encontraba en la habitación. La mano debió captar el tono, puesto que paró en seco y se dedicó a esperar en silencio. Como pude, salí de la cama, llegué al baño y metí la cabeza bajo un chorro de agua helada. El frío inesperado me hizo levantar instintivamente la cabeza, con lo que me di un golpe con el grifo que casi se convierte en trepanación. Además, para alimentar el fuego de mi ira, los golpes en la puerta se reanudaron.

I’m coming!, rugí y los golpes volvieron a callarse.

Metí entonces, con más cuidado, la cabeza bajo el grifo, aliviando el dolor (interno y externo) con el agua. Cuando me estaba secando con la toalla, sin embargo, la impertinencia del que esperaba fue tal que los golpes volvieron con renovada fuerza. Esto provocó un seísmo de furor que me recorrió de pies y cabeza. I said I’m fucking coming! Y abrí la puerta como un trueno, con unos ojos de basilisco que hicieron temblar al aterrado Proust.

– Deberá disculparme, dijo con un rostro gravemente turbado por mi brutalidad. Pero, como ayer hablamos de ir juntos al museo a las nueve, al ver que eran las diez y que usted no bajaba al vestíbulo me he inquietado.

– No, repuse yo sin terminar de abandonar una cierta hosquedad, discúlpeme usted; lo había olvidado completamente. Por favor, pase y siéntese.

– ¿Había estado ya en la Gallery?, dijo mientras dejábamos los abrigos en el guardarropas del museo.  Respondí afirmativamente, pero repuse que de ello hacía ya bastante tiempo. Comenzamos después a contemplar cuadros, con esa complicidad silenciosa que se da en dos personas que van juntas al museo. Nos detuvimos instintivamente en la Virgen adorando al Niño de Boticelli.

– Observe, dijo Proust, amigo, observe la línea depurada de Sandro di Mariano, esa combinación de rosas y azules, todo ello en búsqueda de la belleza, de esa belleza estática, producto del idealismo de la Florencia de Pico della Mirandola. Porque no es una mujer lo que está representado aquí, sino la propia idea de la belleza. El gesto serenísimo, grave, la armonía de la composición, todo es estático, puro, sublimado. Los cabellos rubios de esa virgen que caen como una cascada de oro. Vea usted qué contraste con el cuadro que tenemos ahora delante, la Vieja friendo huevos de Velázquez, donde la realidad se representa en toda su intensidad, en todos sus caracteres, y nos parece estar respirando el olor del aceite y de la madera que arde, y sin embargo el autor es consciente de que lo que representa no es la realidad en sí misma, sino un artificio especular. Y si hablamos de artificio, no menos interesante es, dijo mientras nos volvíamos a parar, este cuadro del Greco, Fábula. A primera vista una escena bien simple: dos niños, quizá dos pajes, en la oscuridad alumbrándose con un delgado cirio. Pero entonces reparamos en el babuino que casi parece estar escondido en la penumbra de esa esquina. El simio, como sin duda usted no desconoce, es un símbolo del diablo, quizá porque, con su animalidad, pero al mismo con su similitud, nos remite a un tiempo anterior a la conciencia del hombre o, quizá, porque el simio parece esconder tras sus ojos una inteligencia callada, a veces maliciosa, inquietante. Y la vela, qué puede ser sino el alma humana, que los dos niños contemplan con inocencia mientras el demonio observa acechante.

Sentía en esos momentos sonar en mi cabeza las primeras frases de Cuadros de una exposición de Mussorgsky, esas frases que, a modo de ritornello, vertebran las distintas composiciones que forman la obra. Poco me faltaba, completamente vencido por el discurso proustiano, para sufrir el síndrome de Stendhal. Mientras, seguimos caminando hasta llegar a la escalera que da acceso a la planta superior. Proust se quedó mirando fijamente la escultura de Rodin El llamamiento a las armas, mientras yo me dedicaba a ver los bustos que, en múltiples hornacinas, decoraban la pared circular que envolvía a la escalera. Los muertos, pensé yo invadido por una ridícula solemnidad. Volví a mirar a mi acompañante, y éste seguía clavado frente a la estatuilla, si bien un cambio se había operado en sus facciones, y éstas se habían vuelto rígidas, mientras sus ojos se encontraban arrasados en lágrimas que a duras penas podía mantener.

– ¿Todo va bien?, pregunté inquieto.

– ¿Cómo?… ¡Ah! Sí, por supuesto, todo está bien, respondió como recién sacado de un trance hipnótico. Sí, por favor, no se preocupe. Es sólo que… es simplemente que a veces me entra una gran nostalgia, homesick, como dicen en inglés. A veces me da por recordar los paseos infantiles por los jardines de Tullerías, los embarcaderos de mi querida ciudad.

– ¿Y por qué no vuelve?

– ¡Ah, ojalá fuera tan fácil, amigo mío! No es precisamente por mi voluntad que permanezco en este exilio.

Y aquí se calló como petrificado por las palabras que acababa de proferir.

– ¿Entonces, por qué?, pregunté yo, notando que estaba llegando a algo importante.

Pero él dio marcha atrás, diluyendo en anacolutos mis preguntas insistentes. Al final se escabulló en el servicio, dejándome en un estado de considerable ansiedad. Cuando volvió a aparecer, la crispación de su gesto se había acentuado, sus mandíbulas estaban encajadas, tragaba con dificultad y tenía la mirada perdida. Comenzó entonces a hablar con una locuacidad inusitada, dado el talante abatido con el que me había dejado. Al cabo de un rato descubrí con gran sorpresa que Proust estaba bajo los efectos de la cocaína.

No creo que sea capaz de transmitir el impacto que supuso en mí observar la transformación de un jerarca de la novela, de un dios de la narrativa, convertido ahora en un pobre hombre arrastrado por su propia tragedia. Proust seguía hablando, con una palidez que era ya casi luminosa y que hacía sus ojos y su cabello aún más negros. Hablaba del San Miguel de Gonzalo Pérez que Borges me había recomendado el día anterior, de la escuela inglesa del XIX, de la Visión después del sermón de Gauguin, y de todo hablaba en un discurso vertiginoso, eléctrico, con una lucidez que corría por el borde del caos, sin llegar a caer en él. Él debió de notar mi sorpresa, puesto que de pronto enmudeció, mirando primero a un punto indefinible en el espacio. Después, con unos ojos febriles, me soltó:

– Mire, Olivier, conocemos perfectamente sus proyectos quijotescos. Debe usted saber que, si bien pueden resultar comprensibles, sus planes sólo lo pueden conducir a la ruina.

Enrojecí profundamente. Él me miraba, me hipnotizaba casi con sus ojos de fakir, con su rostro cerúleo.

– ¿A quién pretendía engañar? Desde antes de que saliera usted de París, ya sabíamos de esa loca idea suya de reclutar otros personajes de su autor para levantar esa rebelión sin ninguna posibilidad de éxito. Escúcheme, en el poco tiempo que nos conocemos he desarrollado por usted una gran simpatía. Es un amigo quien le habla, no siga por ese camino. No se da cuenta de las fuerzas contra las que se mide…

Él seguía hablando pero yo ya no lo escuchaba, la cabeza me daba vueltas y tuve que salir corriendo al exterior donde, sin poder contenerme ya, vomité. Hiperventilaba, tenía la sensación de que los dientes ya no estaban sujetos a mis encías, mi visión se empañaba. Poco a poco, no obstante, el frío me fue calmando y quedé en un estado absorto, como sin comprender muy bien lo que me rodeaba. Mis pensamientos o bien no existían, o bien formaban un discurso atropellado que no podía entender. Comencé a caminar como un zombi, sin sentido, a lo lejos oía gritar mi nombre, pero no pude reaccionar hasta que una mano se posó en mi hombro. Grité y di instintivamente un salto hacia atrás. Allí estaba Proust, lívido, con mi abrigo en sus manos.

– Por dios, cálmese y cúbrase, va usted a coger una pulmonía. Cálmese, si le he advertido es precisamente porque estoy de su parte, lo he hecho por su bien, para salvarlo de usted mismo y de sus enemigos.

Corté sus palabras con un potente puñetazo en la boca que lo hizo estrellarse contra el muro; como un animal salvaje me lancé a él, que inútilmente intentaba protegerse con las manos, y seguí golpeándole una y otra vez hasta que suplicó piedad.

– Ahora, dije agarrándolo férreamente por las solapas, me vas a decir cómo lo has sabido… me vas a decir todo lo que sabes. ¿¡Cómo lo has sabido!?

– Cálmese, por favor, cálmese…

– ¿¡Cómo, coño, cómo!?, dije amenazándolo nuevamente con mi puño cerrado.

– ¡No, no! ¡No me pegue más, por favor, se lo diré todo!

– Espero, dije yo.

– ¿Cómo se ha atrevido?, dijo mirándose la sangre en la mano. Le he advertido por su bien, le he advertido porque desde que llegó a esta ciudad no he podido parar de pensar en usted. Se lo he dicho… Se lo he dicho porque le amo.

 Ante esta afirmación me quedé congelado, cosa que él aprovechó para zafarse de mí y salir huyendo. Yo lo miraba correr pero estaba como paralizado. Demasiadas impresiones para un solo día, dijo alguien dentro de mi cabeza. Y fue como si ese alguien, lentamente, accionara mis piernas para caminar. Pero no caminé mucho tiempo puesto que, al doblar la esquina, vi a Dante levantando el brazo, y después sentí un tremendo golpe en la cabeza, el suelo…

 … después todo negro.

Publicado en Sin categoría | Etiquetado | Deja un comentario