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CUANDO desperté ella aún seguía en la cama. La contemplé un momento, con una extraña sensación, antes de levantarme a echar las persianas de la habitación. Cuando mis ojos se acostumbraron a las tinieblas, seguí mirándola. Era bonita, la joven cómplice argentina de Ruano. ¿Quién era? En los recuerdos que tengo de Ruano (y que van desapareciendo de mi mente a medida que esta historia avanza) no aparece por ninguna parte. ¿Quién eres, Silvia?, me preguntaba, ¿por qué, a pesar de estar seguro de tus intenciones aviesas, no puedo dejar de ver en tu rostro dormido una pureza que me desarma? Ella debió de sentir mi mirada y abrió lentamente los ojos. ¿Qué hora es?, preguntó sonriéndome. Las once y media, susurré yo, ¿a qué hora empiezas a trabajar? A las cuatro, dijo ella estirándose. Hoy me toca turno de tarde. Y me cogió por el cuello acercándome a sus labios.

Cuando volví a despertar lo primero que percibí fue la cama vacía y el sonido lejano de la ducha en el baño. Mi mente era un torbellino de ideas y sentimientos contradictorios. Finalmente, la ducha cesó y al rato la puerta del baño se abrió. Yo cerré los ojos, haciéndome el dormido. Sentí el vapor perfumado del baño inundando la habitación y sus pasos decididos acercándose a la cama. Me besó e hice que me despertaba. ¿Qué hora es?, dije sin tener que esforzarme mucho para poner una voz aguardentosa. Las tres y media, dijo su magnífica sonrisa, me tengo que ir a laburar…, y se quedó esperando que dijera algo. ¿Terminas a la misma hora que ayer?, dije yo. Sí, dijo ella abriendo aún más su sonrisa, despojándola de todo lo que tenía de mujer y transformándola en una sonrisa de niña contenta, ¿vas a venir? Pues claro, dije yo sonriendo a mi vez. Pues allí nos vemos, y besándome satisfecha salió de la habitación.

¿Qué estaba haciendo? ¿Por qué, cuando todo mi sentido común me ordenaba salir corriendo de allí, yo me ponía a cortejar como un adolescente estúpido? Como mínimo, pensaba, es una persona real, y yo soy un personaje. La emboscada es tan obvia que sólo puede haber salido de la sesera del patán de Ruano: una camarera letrada que se cruza en mi camino y cae enamorada de mí. Y sin embargo, me dije mientras me metía en la ducha, todo me atrae de ella: su vitalidad y su frescor eran como un contrapunto brillante a toda mi oscura vida, a esa tortura continuada que había sido mi (no)existencia desde que Ruano me lanzó malévolamente al mundo. Una idea terrible se instaló en mi cabeza: atraído como una mariposa por el fuego. Para ahuyentar tan amargos pensamientos huí de mi habitación y me lancé a la calle para renovar mis pesquisas.

Pasé todo el día recorriendo Almería. Casas de familiares, de amigos, la Universidad donde Ruano se había licenciado… todo en vano, ni un rastro de otros personajes o quasipersonajes. Seguí dando vueltas: el paseo marítimo, el parque, todo por evitar volver a vigilar la casa paterna. Por supuesto no por miedo al vecino loco, claro está, sino por evitar infantilmente pasar por la puerta del bar de Silvia y que ella me viera. Estás como una cabra, me dije, loco de remate. Estás cavando tu propia tumba, me dije, pensé.

Por lo demás, el día pasó rápido con tanto ir y venir. Incluso llegué a alquilar un coche para rastrear esos pueblos horteras donde mi creador pasaba su adolescencia: Aguadulce y Roquetas de Mar. En este último, una versión andaluza de Palm Beach para jubilados noreuropeos, pasé pavor al creer reconocer a Luis Cernuda, autor que encandiló con sus exquisitos versos a Ruano en el aburrido verano de 1993; sin embargo fue una falsa alarma: ya estaba siguiéndole, dispuesto a cargármelo antes de que diera la alarma o intentase matarme él a mí, cuando vi que en realidad se trataba de un vendedor de pescado, si bien he de decir que con un inquietante parecido.

Cuando volví de Roquetas regresé al hotel, donde estuve un rato mirando por la ventana las rojas telas que el sol poniente arrojaba sobre el mar en calma del puerto. No tenía nada, no había descubierto nada, y para colmo mis recuerdos de lo sucedido en Edimburgo (¡tan solo la semana anterior!) me parecían cada vez menos reales, más oníricos, como si nunca hubieran sucedido y hubieran sido producto de una fiebre o de una larga alucinación. En Almería todo era tan normal: el vecino loco, la gente que habla a gritos, el sol, el viento, el mar, Silvia. Silvia: sentirme vivo por fin.

Y yo sin encontrar nada, reconduje mis pensamientos, ni un solo indicio de que el pamplinas de Ruano haya creado aquí siquiera un quasipersonaje. Me constaba que había escrito varios relatos y que había comenzado también otras novelas, que normalmente nunca habían pasado de la página cuatro, pero todo eso quedaba en la leyenda de los archivos de ordenador eliminados por error, los manuscritos tirados en accesos de frustración a la papelera. Cada vez perdía más la esperanza de encontrar a otros. ¿Y si yo era el único? ¿y si conmigo se había producido el milagro inexplicable de la encarnación? Comencé a acariciar esa idea, …a fin de cuentas yo estaba ya tan cansado de toda esta historia. Y Silvia…

¿Silvia? Miré el reloj, sin darme cuenta había anochecido. Era la una menos cuarto. Salí corriendo a por ella.

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Acerca de Joaquin Ruano

Joaquín Ruano (Almería, 1977) ha realizado estudios de literatura en la Universidad de Edimburgo, el Collège International de Philosophie de París, y las Universidades de Almería y Zaragoza. Ha trabajado como profesor de literatura en York University (Toronto) y actualmente es profesor de español en el Centro de Lenguas de la Universidad de Almería. En 2008 publica su primer libro Los trabajos y las noches. Ha publicado también poemas en varios números de la revista Salamandria; así como en la antología El Jaiku en España, coordinada por Pedro Aullón de Haro (Madrid, Hiperión, 2002). Tiene además tres libros inéditos de poemas (El norte, La poesía la muerte y Neue Gedichte) y una novela (Cahiers). Actualmente ultima ensayo sobre la obra del poeta Leopoldo María Panero.
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