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QUINTO día consecutivo frente a la casa de Ruano y aún sin resultados, más allá de haber llamado imperdonablemente la atención. Estaba frente a su casa cuando, sin saber de dónde, ha aparecido el vecino gordo de Ruano, el cual se ha puesto a gritar histéricamente que si no dejaba de vigilarlo (¡a él!) iba a llamar a la policía, y que estaba harto, que no pensaba vender los planos secretos (¿qué planos?) y después empezó a aullar en un lenguaje que perdía toda capacidad comunicativa algo de su empresa, su propiedad, su invento, la persecución, su padre, el FBI, los vecinos, el Opus Dei. Cada vez parecía estar más alterado y cada vez se acercaba más a mí. Mientras, en la calle se iba formando un corro de gente que nos miraba con creciente curiosidad.

 Cuando ya temía verme golpeado por aquella inmensa mole de carne blancuzca y cenicienta, una mano tiró de mi hombro y me sacó de allí mientras el tarado, para mi asombro, se callaba como movido por un resorte y volvía a meterse en el portal como movido por un resorte. Al girarme para agradecerle mi salvación a mi benefactor me encontré con Silvia, la camarera argentina del bar de la esquina. Gracias, le dije, pero ella ni respondió, sino que siguió tirando de mí hasta que me introdujo en el bar. Me senté, mustio, en la barra y ella, aún sin mediar palabra, me puso una cerveza con una bonita sonrisa.

 – No hagas caso, dijo, es el loco del barrio. Parece ser que era un superdotado, su padre era profesor de matemáticas y él quiso seguir sus pasos y estudió astrofísica pero, después, a un año de acabar la carrera, la madre murió de un cáncer terrible y él lo dejó todo. Le salió una esquizofrenia, o una paranoia, o qué sé yo, y desde entonces vive encerrado en la casa. Dicen que hasta el padre lo dejó por imposible y se fue a vivir a otra casa, y ahora es una tía la que viene a traerle la comida porque si no se moriría de hambre, o haría yo no sé qué otra locura. Y ahora, añadió poniéndose seria, ¿me vas a decir por qué llevas cuatro días plantado frente al portal de ese desgraciado?, ¿sos agente social o algo así?

– No, no es por él, dije yo apesadumbrado. Perdona, pero no puedo contarte, es una cosa personal. Y ahora, dije poniendo un billete de cinco euros en la barra, perdona pero tengo que irme…

Pero ella me cogió la mano y, volviendo a poner en ella el billete, me dijo mirándome a los ojos.

– Eres raro, no sé qué tienes pero no te veo como a los demás… Si querés charlar, a eso de la una habremos terminado de limpiar el bar; y luego añadió, soltándome suavemente la mano, con una nota de temor en su sonrisa, ¿te espero entonces?

– Sí, dije yo, a la una aquí.

– Hasta luego, dijo ella renovando la sonrisa.

Unas horas después estaba ante la persiana medio bajada del bar, que exhalaba un fuerte olor a aceite refrito. Al poco apagaron las luces, quedando sólo el brillo azulado de la cocina y el color malva de las vitrinas sobre la barra que conservaban las tapas y raciones. Pasó aún un buen rato hasta que, a las dos menos veinticinco volvieron a aparecer las siluetas de los trabajadores del bar. Una de ellas, probablemente la del encargado, abrió la persiana para que salieran los camareros. Recuerdo que el rostro de Silvia me pareció un pétalo de rosa en una rama negra y húmeda. Cuando me vio, la cara se le iluminó, pero en seguida impostó un gesto de indiferencia que no podía ocultar la satisfacción. Ah, ¿viniste?, dijo ella simulando que no le importaba demasiado. Pues claro, dije yo algo picado, ¿no habíamos quedado en eso? Pues claro, dijo ella volviendo a sonreír ya sin simulación alguna. Sus compañeros se despidieron de ella mientras me miraban con una curiosidad no exenta de complicidad. Silvia y yo empezamos a andar por la Rambla abajo sin un rumbo evidente. Al principio los dos estábamos un poco tensos y no sabíamos muy bien qué decir. ¿Has cenado?, pregunté yo recordando que acababa de salir de trabajar. Sí, respondió ella, he picado algo y, además, después de todo el día trabajando con comida no tengo mucha hambre. Ah, respondí yo, y se hizo nuevamente el silencio.

– Vamos a tomar una copa, dijo ella.

Entramos en un bar de rock del centro de Almería, el “Vhada”, un sitio de escasa luz violeta con los muros completamente empapelados de fotos que iban desde Iggy Pop hasta Sadam Hussein envejecido con una barba gris tras ser capturado en la segunda guerra de Irak. Entre las tinieblas el humo del hachís se elevaba como columnas de cieno. Nos sentamos en la barra, yo pedí una cerveza y ella un gin-tonic.

–         Tú no eres de aquí, ¿no?

–         No, respondí yo, soy francés.

–         ¿En serio? Pues no tenés nada de acento

–         Es que mi padre es español, dije con una sonrisa maliciosa dirigida sobre todo a mí mismo.

–         Ah…

–         Tú tampoco tienes mucho acento, ¿de qué parte de Argentina eres?

Era de Rosario y no tenía mucho acento porque llevaba ya seis años en España. Vino con la gran crisis de Argentina del 2001 y desembarcó en Madrid casi con una mano delante y otra detrás. Allí pasó dos años trabajando sin papeles en una fábrica de dulces y productos de bollería del extrarradio, hasta que una amiga le dijo que en Andalucía había mucho trabajo por el turismo y que allí sí que hacían contratos. De manera que se pasó varios meses ahorrando más allá de lo imaginable y una fría mañana de noviembre cogió el autobús que cubre la línea Madrid-Almería. Cuando ya estaba llegando, la luz del atardecer sobre el desierto de Tabernas la maravilló, después de dos años de frío y nubes. La primera semana estuvo durmiendo en un hostal cerca de la estación, por si tenía que volverse, como si fueran unas vacaciones en lugar de una mudanza. Al tercer día, sin embargo, ya estaba trabajando en un bar, aunque descubrió que lo que le había dicho su amiga distaba mucho de ser verdad, y ella seguía partiéndose el lomo sin contrato.

Al poco alquiló un piso en el barrio del Zapillo, con una legionaria marimacho de León y una ecuatoriana que trabajaba en una procesadora de verduras. Aquel fin de año, viendo en la tele las campanadas de nochevieja presentadas por un tipo que llevaba un capa ridícula, llamó a su madre y ambas estuvieron llorando y bebiendo a siete mil kilómetros y varias franjas horarias de distancia hasta que se pusieron borrachas y, tras colgar, Silvia cayó dormida, por primera vez en mucho tiempo, como un bebé. Con el año nuevo, sin embargo, las cosas mejoraron. Estuvo un año y medio trabajando, ya con contrato, en un bar de Carboneras, un pueblecito de la costa este de Almería. El restaurante terminó cerrando pero el dueño, un antiguo hippie bonachón de Barcelona, le dio una carta de recomendación con la que no le fue difícil conseguir un nuevo trabajo, de nuevo en Almería, en el bar de la Rambla en el que nos habíamos encontrado. Ahora estaba con los trámites para pedir la nacionalidad española (su abuela paterna era española) para poder presentarse a unas oposiciones para secundaria. ¿Secundaria?, pregunté yo. Por supuesto, dijo ella enfadada con un deje de humillación. Tenía estudios, había hecho una licenciatura en letras antes de venir a Almería, una licenciatura que parecía no haberle valido para nada pero que ahora se proponía rentabilizar.

– Así que te dedicas a las letras, dije yo sin poder camuflar muy bien mi desconfianza.

– Pues sí, dijo ella, ¿tú también?

– Ya lo sabes, respondí con una sonrisa ambigua que ella pareció no captar.

– Sí, cuando te vi escribiendo en ese cuaderno, lo supuse. ¿Qué escribías?

– Una novela, mentí.

– ¿Ah, sí? ¿y de qué trata?

– Eso nunca se sabe hasta el final… Además, no tengo mucha experiencia.

– Ah, ¿es la primera?

– La primera y la última.

– ¿Y eso?

– Pues porque yo soy el personaje.

Dio una gran carcajada. Reía y reía y yo terminé también riendo de buena gana. Había algo, a pesar de la desconfianza, que me impulsaba a seguir adelante. Quizá fuera el peligro, quizá fuera la pulsión del rock y las copas, quizá el tiempo que hacía que no estaba con una mujer bonita, riéndonos juntos y hablando, algo me impulsaba a seducirla, a ver qué pasaba si llegaba un poquito más lejos.

– ¿Y qué se te perdió en Almería?, preguntó ella.

– Un amigo escritor me lo aconsejó, de hecho, igual lo conoces, es de aquí… Se llama Joaquín Ruano.

– ¿Ruano…? No, lo siento, no me dice nada, ¿qué ha escrito?

– Nada.

– Vaya, dijo riendo de nuevo, ¿y por qué tendría que conocerlo entonces?

– Pues porque es el vecino del piso de abajo del loco, o por lo menos lo era hasta hace un par de años, cuando se fue a vivir a París.

– Ah, pues ni idea, porque además yo hace un par de años todavía no estaba trabajando allá.

– Sus padres viven todavía allí.

– Pues no sé, además yo de ese edificio sólo conozco al loco.

Decidí dejar de interrogarla, me sentí de repente muy cansado de Ruano, de su historia y la mía, que sólo quería olvidar de una vez por todas, y empecé a hablar con Silvia, a hablarle de literatura, a sacarla de esa realidad que ella también quería olvidar y que estaba compuesta de turnos, de borrachos, de fracasos, de cansancio y de un olor a fritanga que no se quitaba del cuerpo ni después de ducharse. Me levanté para ir al baño y me di cuenta de que estaba borracho, y la miré a ella y vi que también estaba borracha, y entonces mandé al carajo el baño y le di un largo beso, un beso que se encadenó con otros besos desesperados y que dio paso a caricias cada vez más calientes.

– Vamos a mi hotel, dije al fin.

– Vamos, dijo ella mirándome desde sus bonitos ojos negros.

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Acerca de Joaquin Ruano

Joaquín Ruano (Almería, 1977) ha realizado estudios de literatura en la Universidad de Edimburgo, el Collège International de Philosophie de París, y las Universidades de Almería y Zaragoza. Ha trabajado como profesor de literatura en York University (Toronto) y actualmente es profesor de español en el Centro de Lenguas de la Universidad de Almería. En 2008 publica su primer libro Los trabajos y las noches. Ha publicado también poemas en varios números de la revista Salamandria; así como en la antología El Jaiku en España, coordinada por Pedro Aullón de Haro (Madrid, Hiperión, 2002). Tiene además tres libros inéditos de poemas (El norte, La poesía la muerte y Neue Gedichte) y una novela (Cahiers). Actualmente ultima ensayo sobre la obra del poeta Leopoldo María Panero.
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