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LA playa de Mónsul  es uno de los múltiples nombres que recibe el Edén.  Una inmensa playa, con arena besada por un Mediterráneo azul y virginal. Se puede entrar durante cincuenta metros y el agua sólo te cubrirá por la cintura. Una playa donde uno puede bañarse a finales de abril.

 Mi cuerpo relucía en la toalla verde oscuro que Silvia me había prestado. La escena de la compra del bañador había sido un pase de modelos donde lo ridículo se entrelazaba con lo cómico. Creo que no había ido a la playa desde mis veraneos infantiles y de adolescencia en Balbec. Después nunca fui muy de ir a la playa en verano. Y, sin embargo, cómo se puede estar tan bien a final de abril.

 Silvia. Silvia bañándose. Silvia salpicándome agua. Silvia besándome. El cuerpo de Silvia. Ad Silvia. Silvia amazona terrible salida de la selva (la silva). Su cabello, su piel, su sonrisa. Dejamos la playa y nos fuimos a una pequeña isleta donde apenas había más 20 casas. Comimos frente al mar y  volvimos a Almería.  Era todo tan ligero, hablábamos sin parar:de viajes, de lecturas, de experiencias compartidas. A veces su ánimo se ensombrecía y me contaba la tragedia de la crisis, hasta que, ya de noche, tomando unas copas lo soltó todo.

De pronto, decía, nos dimos cuenta de que el tercer mundo era sólo una línea imaginaria que nos habían trazado en la escuela. De que nosotros éramos también el tercer mundo. El corralito financiero. La nevera vacía por primera vez en casa de los padres. Un familiar suicidado que lo había perdido todo. Se tiró por la ventana desde un octavo. La vuelta a Europa, pero ahora ya no como turista. La penuria, las insinuaciones de prostitución. Las humillaciones en la fábrica de dulces, el ambiente sórdido y, lo peor, llegar a acostumbrarte a recordar los libros, las ciudades, el arte mientras fumas a escondidas de la encargada un cigarrillo en un sucio patio trasero de Villaverde, a tres grados bajo cero, en la oscura noche castellana.

Yo me sentía culpable ante ese aluvión de experiencias vividas. No tanto por ser europeo, un ciudadano del primer mundo, sino porque Silvia me estaba ofreciendo su pasado, un pasado real, mientras que el resto de mi vida había sido una ficción. Y decidí que yo también tenía derecho a un pasado real, un pasado con el que poder recibir el pasado de Silvia sin sentirme un embustero. Y decidí que, si yo no tenía ese pasado, por lo menos empezaría a partir de él, y ya no buscaría a Ruano, sino que realmente escribiría esa novela que Silvia creía que había venido a escribir a Almería. Y cuando volví a mirarla, no había pasado ni un segundo, la cara de Silvia seguía ensombrecida por sus recuerdos. Y entonces la besé y le dije que ya no trabajaba más de camarera, que eso había terminado. Ella se rió hasta que vio que estaba hablando totalmente en serio. Pero, dijo entre incrédula e indignada, ¿querés que sea tu mantenida? La tranquilicé y le dije que, por supuesto, no. Que ella iba a buscar otro trabajo, pero que ahí estaría yo para apoyarla. Que se había acabado soportar borrachos.

Ella comenzó a llorar. Seguía llorando cuando se levantó y dijo vámonos joder, y yo me tuve que acercar precipitadamente a pagar bajo la mirada desconfiada y reprochadora del camarero. Seguía llorando en el coche en el que me esperaba en marcha y, por supuesto siguió llorando todo el camino, que fue bastante largo. A veces parecía que aquello iba a acabar, y el compás de su llanto iba espaciándose, pero sólo para volver a iniciar un allegretto de sollozos y moqueos. Aparcó súbitamente en la avenida Cabo de Gata y, arrancándose el cinturón de seguridad, me ordenó bajar. Fui siguiéndola, casi tenía que correr para no perderla, hasta que subimos a un piso amueblado con pésimo gusto.

Finalmente se sentó en la cama y siguió llorando y yo ya no sabía que hacer. Estaba por darle un bofetón, no sé, como en las películas, para que reaccionase o saliese del shock. Y en esas estaba cuando de pronto dejó de llorar y, arrastrándome hacia la cama, comenzó a follarme salvajemente, a cubrirme de besos y arañazos, y a quererme con todas las fuerzas que una mujer puede querer.

 

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INTERLUDIO

© Elena Rosauro, 2011

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–         Y… ¿cuánto tiempo pensás quedarte aquí?

 –         Hasta que encuentre lo que busco.

 –         ¿Y se puede saber qué estás buscando?

 –         Otros personajes, como yo.

 –         Ah… ¿Y para qué querés esos personajes?

 –         Para matar a nuestro autor

–         ¡No me digas! ¿Y eso?

–         Porque es un pésimo escritor.

Aquí ella no pudo contener más la risa. También yo me reía. Estábamos ya bastante borrachos y corría una brisa muy agradable por el paseo marítimo.

–         ¿Y tú?

–         Yo ¿qué?

–         Que hasta cuándo piensas quedarte.

–         Uf… y qué sé yo. Pero primero respondeme a mí.

–         Pero si ya te he respondido…

–         ¡Venga, estúpido! ¿a qué viniste a Almería?

–         He venido para escribir, estoy bastante bloqueado  y no puedo escribir nada desde hace tiempo. En París conocí a un español…

–         Ruano, el vecino del loco.

–         Justo, el vecino del loco. Pues bien, Ruano y yo solíamos coincidir en un bar y un día empezamos a hablar, él también quiere ser escritor. Cuando le comenté que estaba atascado me recomendó que viniera aquí, que seguro que aquí encontraba la inspiración. Y puedes estar segura, dije mirándola con intención, de que tenía razón.

Fue entonces cuando le sorprendí esa mirada, la mirada. Ya está, me dije, ella también está enamorada de mí, y curiosamente ese “también” no me sorprendió en lo más absoluto. Me acerqué a ella muy lentamente, como si tuviera miedo a espantarla y que saliera huyendo, y la besé.

–         Mañana no laburo, dijo al cabo de un rato. Si querés podemos ir a las playas del Levante. Son excepcionales.

–         Por supuesto, dije yo.

Nos volvimos a besar. Había decidido ya hacía un rato que tiraba la toalla, que abandonaba la búsqueda. Que estaba harto de ese estúpido juego mortal que es la literatura.

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CUANDO desperté ella aún seguía en la cama. La contemplé un momento, con una extraña sensación, antes de levantarme a echar las persianas de la habitación. Cuando mis ojos se acostumbraron a las tinieblas, seguí mirándola. Era bonita, la joven cómplice argentina de Ruano. ¿Quién era? En los recuerdos que tengo de Ruano (y que van desapareciendo de mi mente a medida que esta historia avanza) no aparece por ninguna parte. ¿Quién eres, Silvia?, me preguntaba, ¿por qué, a pesar de estar seguro de tus intenciones aviesas, no puedo dejar de ver en tu rostro dormido una pureza que me desarma? Ella debió de sentir mi mirada y abrió lentamente los ojos. ¿Qué hora es?, preguntó sonriéndome. Las once y media, susurré yo, ¿a qué hora empiezas a trabajar? A las cuatro, dijo ella estirándose. Hoy me toca turno de tarde. Y me cogió por el cuello acercándome a sus labios.

Cuando volví a despertar lo primero que percibí fue la cama vacía y el sonido lejano de la ducha en el baño. Mi mente era un torbellino de ideas y sentimientos contradictorios. Finalmente, la ducha cesó y al rato la puerta del baño se abrió. Yo cerré los ojos, haciéndome el dormido. Sentí el vapor perfumado del baño inundando la habitación y sus pasos decididos acercándose a la cama. Me besó e hice que me despertaba. ¿Qué hora es?, dije sin tener que esforzarme mucho para poner una voz aguardentosa. Las tres y media, dijo su magnífica sonrisa, me tengo que ir a laburar…, y se quedó esperando que dijera algo. ¿Terminas a la misma hora que ayer?, dije yo. Sí, dijo ella abriendo aún más su sonrisa, despojándola de todo lo que tenía de mujer y transformándola en una sonrisa de niña contenta, ¿vas a venir? Pues claro, dije yo sonriendo a mi vez. Pues allí nos vemos, y besándome satisfecha salió de la habitación.

¿Qué estaba haciendo? ¿Por qué, cuando todo mi sentido común me ordenaba salir corriendo de allí, yo me ponía a cortejar como un adolescente estúpido? Como mínimo, pensaba, es una persona real, y yo soy un personaje. La emboscada es tan obvia que sólo puede haber salido de la sesera del patán de Ruano: una camarera letrada que se cruza en mi camino y cae enamorada de mí. Y sin embargo, me dije mientras me metía en la ducha, todo me atrae de ella: su vitalidad y su frescor eran como un contrapunto brillante a toda mi oscura vida, a esa tortura continuada que había sido mi (no)existencia desde que Ruano me lanzó malévolamente al mundo. Una idea terrible se instaló en mi cabeza: atraído como una mariposa por el fuego. Para ahuyentar tan amargos pensamientos huí de mi habitación y me lancé a la calle para renovar mis pesquisas.

Pasé todo el día recorriendo Almería. Casas de familiares, de amigos, la Universidad donde Ruano se había licenciado… todo en vano, ni un rastro de otros personajes o quasipersonajes. Seguí dando vueltas: el paseo marítimo, el parque, todo por evitar volver a vigilar la casa paterna. Por supuesto no por miedo al vecino loco, claro está, sino por evitar infantilmente pasar por la puerta del bar de Silvia y que ella me viera. Estás como una cabra, me dije, loco de remate. Estás cavando tu propia tumba, me dije, pensé.

Por lo demás, el día pasó rápido con tanto ir y venir. Incluso llegué a alquilar un coche para rastrear esos pueblos horteras donde mi creador pasaba su adolescencia: Aguadulce y Roquetas de Mar. En este último, una versión andaluza de Palm Beach para jubilados noreuropeos, pasé pavor al creer reconocer a Luis Cernuda, autor que encandiló con sus exquisitos versos a Ruano en el aburrido verano de 1993; sin embargo fue una falsa alarma: ya estaba siguiéndole, dispuesto a cargármelo antes de que diera la alarma o intentase matarme él a mí, cuando vi que en realidad se trataba de un vendedor de pescado, si bien he de decir que con un inquietante parecido.

Cuando volví de Roquetas regresé al hotel, donde estuve un rato mirando por la ventana las rojas telas que el sol poniente arrojaba sobre el mar en calma del puerto. No tenía nada, no había descubierto nada, y para colmo mis recuerdos de lo sucedido en Edimburgo (¡tan solo la semana anterior!) me parecían cada vez menos reales, más oníricos, como si nunca hubieran sucedido y hubieran sido producto de una fiebre o de una larga alucinación. En Almería todo era tan normal: el vecino loco, la gente que habla a gritos, el sol, el viento, el mar, Silvia. Silvia: sentirme vivo por fin.

Y yo sin encontrar nada, reconduje mis pensamientos, ni un solo indicio de que el pamplinas de Ruano haya creado aquí siquiera un quasipersonaje. Me constaba que había escrito varios relatos y que había comenzado también otras novelas, que normalmente nunca habían pasado de la página cuatro, pero todo eso quedaba en la leyenda de los archivos de ordenador eliminados por error, los manuscritos tirados en accesos de frustración a la papelera. Cada vez perdía más la esperanza de encontrar a otros. ¿Y si yo era el único? ¿y si conmigo se había producido el milagro inexplicable de la encarnación? Comencé a acariciar esa idea, …a fin de cuentas yo estaba ya tan cansado de toda esta historia. Y Silvia…

¿Silvia? Miré el reloj, sin darme cuenta había anochecido. Era la una menos cuarto. Salí corriendo a por ella.

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TOCO tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano en tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja.

 Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y nuestros ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua.

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QUINTO día consecutivo frente a la casa de Ruano y aún sin resultados, más allá de haber llamado imperdonablemente la atención. Estaba frente a su casa cuando, sin saber de dónde, ha aparecido el vecino gordo de Ruano, el cual se ha puesto a gritar histéricamente que si no dejaba de vigilarlo (¡a él!) iba a llamar a la policía, y que estaba harto, que no pensaba vender los planos secretos (¿qué planos?) y después empezó a aullar en un lenguaje que perdía toda capacidad comunicativa algo de su empresa, su propiedad, su invento, la persecución, su padre, el FBI, los vecinos, el Opus Dei. Cada vez parecía estar más alterado y cada vez se acercaba más a mí. Mientras, en la calle se iba formando un corro de gente que nos miraba con creciente curiosidad.

 Cuando ya temía verme golpeado por aquella inmensa mole de carne blancuzca y cenicienta, una mano tiró de mi hombro y me sacó de allí mientras el tarado, para mi asombro, se callaba como movido por un resorte y volvía a meterse en el portal como movido por un resorte. Al girarme para agradecerle mi salvación a mi benefactor me encontré con Silvia, la camarera argentina del bar de la esquina. Gracias, le dije, pero ella ni respondió, sino que siguió tirando de mí hasta que me introdujo en el bar. Me senté, mustio, en la barra y ella, aún sin mediar palabra, me puso una cerveza con una bonita sonrisa.

 – No hagas caso, dijo, es el loco del barrio. Parece ser que era un superdotado, su padre era profesor de matemáticas y él quiso seguir sus pasos y estudió astrofísica pero, después, a un año de acabar la carrera, la madre murió de un cáncer terrible y él lo dejó todo. Le salió una esquizofrenia, o una paranoia, o qué sé yo, y desde entonces vive encerrado en la casa. Dicen que hasta el padre lo dejó por imposible y se fue a vivir a otra casa, y ahora es una tía la que viene a traerle la comida porque si no se moriría de hambre, o haría yo no sé qué otra locura. Y ahora, añadió poniéndose seria, ¿me vas a decir por qué llevas cuatro días plantado frente al portal de ese desgraciado?, ¿sos agente social o algo así?

– No, no es por él, dije yo apesadumbrado. Perdona, pero no puedo contarte, es una cosa personal. Y ahora, dije poniendo un billete de cinco euros en la barra, perdona pero tengo que irme…

Pero ella me cogió la mano y, volviendo a poner en ella el billete, me dijo mirándome a los ojos.

– Eres raro, no sé qué tienes pero no te veo como a los demás… Si querés charlar, a eso de la una habremos terminado de limpiar el bar; y luego añadió, soltándome suavemente la mano, con una nota de temor en su sonrisa, ¿te espero entonces?

– Sí, dije yo, a la una aquí.

– Hasta luego, dijo ella renovando la sonrisa.

Unas horas después estaba ante la persiana medio bajada del bar, que exhalaba un fuerte olor a aceite refrito. Al poco apagaron las luces, quedando sólo el brillo azulado de la cocina y el color malva de las vitrinas sobre la barra que conservaban las tapas y raciones. Pasó aún un buen rato hasta que, a las dos menos veinticinco volvieron a aparecer las siluetas de los trabajadores del bar. Una de ellas, probablemente la del encargado, abrió la persiana para que salieran los camareros. Recuerdo que el rostro de Silvia me pareció un pétalo de rosa en una rama negra y húmeda. Cuando me vio, la cara se le iluminó, pero en seguida impostó un gesto de indiferencia que no podía ocultar la satisfacción. Ah, ¿viniste?, dijo ella simulando que no le importaba demasiado. Pues claro, dije yo algo picado, ¿no habíamos quedado en eso? Pues claro, dijo ella volviendo a sonreír ya sin simulación alguna. Sus compañeros se despidieron de ella mientras me miraban con una curiosidad no exenta de complicidad. Silvia y yo empezamos a andar por la Rambla abajo sin un rumbo evidente. Al principio los dos estábamos un poco tensos y no sabíamos muy bien qué decir. ¿Has cenado?, pregunté yo recordando que acababa de salir de trabajar. Sí, respondió ella, he picado algo y, además, después de todo el día trabajando con comida no tengo mucha hambre. Ah, respondí yo, y se hizo nuevamente el silencio.

– Vamos a tomar una copa, dijo ella.

Entramos en un bar de rock del centro de Almería, el “Vhada”, un sitio de escasa luz violeta con los muros completamente empapelados de fotos que iban desde Iggy Pop hasta Sadam Hussein envejecido con una barba gris tras ser capturado en la segunda guerra de Irak. Entre las tinieblas el humo del hachís se elevaba como columnas de cieno. Nos sentamos en la barra, yo pedí una cerveza y ella un gin-tonic.

–         Tú no eres de aquí, ¿no?

–         No, respondí yo, soy francés.

–         ¿En serio? Pues no tenés nada de acento

–         Es que mi padre es español, dije con una sonrisa maliciosa dirigida sobre todo a mí mismo.

–         Ah…

–         Tú tampoco tienes mucho acento, ¿de qué parte de Argentina eres?

Era de Rosario y no tenía mucho acento porque llevaba ya seis años en España. Vino con la gran crisis de Argentina del 2001 y desembarcó en Madrid casi con una mano delante y otra detrás. Allí pasó dos años trabajando sin papeles en una fábrica de dulces y productos de bollería del extrarradio, hasta que una amiga le dijo que en Andalucía había mucho trabajo por el turismo y que allí sí que hacían contratos. De manera que se pasó varios meses ahorrando más allá de lo imaginable y una fría mañana de noviembre cogió el autobús que cubre la línea Madrid-Almería. Cuando ya estaba llegando, la luz del atardecer sobre el desierto de Tabernas la maravilló, después de dos años de frío y nubes. La primera semana estuvo durmiendo en un hostal cerca de la estación, por si tenía que volverse, como si fueran unas vacaciones en lugar de una mudanza. Al tercer día, sin embargo, ya estaba trabajando en un bar, aunque descubrió que lo que le había dicho su amiga distaba mucho de ser verdad, y ella seguía partiéndose el lomo sin contrato.

Al poco alquiló un piso en el barrio del Zapillo, con una legionaria marimacho de León y una ecuatoriana que trabajaba en una procesadora de verduras. Aquel fin de año, viendo en la tele las campanadas de nochevieja presentadas por un tipo que llevaba un capa ridícula, llamó a su madre y ambas estuvieron llorando y bebiendo a siete mil kilómetros y varias franjas horarias de distancia hasta que se pusieron borrachas y, tras colgar, Silvia cayó dormida, por primera vez en mucho tiempo, como un bebé. Con el año nuevo, sin embargo, las cosas mejoraron. Estuvo un año y medio trabajando, ya con contrato, en un bar de Carboneras, un pueblecito de la costa este de Almería. El restaurante terminó cerrando pero el dueño, un antiguo hippie bonachón de Barcelona, le dio una carta de recomendación con la que no le fue difícil conseguir un nuevo trabajo, de nuevo en Almería, en el bar de la Rambla en el que nos habíamos encontrado. Ahora estaba con los trámites para pedir la nacionalidad española (su abuela paterna era española) para poder presentarse a unas oposiciones para secundaria. ¿Secundaria?, pregunté yo. Por supuesto, dijo ella enfadada con un deje de humillación. Tenía estudios, había hecho una licenciatura en letras antes de venir a Almería, una licenciatura que parecía no haberle valido para nada pero que ahora se proponía rentabilizar.

– Así que te dedicas a las letras, dije yo sin poder camuflar muy bien mi desconfianza.

– Pues sí, dijo ella, ¿tú también?

– Ya lo sabes, respondí con una sonrisa ambigua que ella pareció no captar.

– Sí, cuando te vi escribiendo en ese cuaderno, lo supuse. ¿Qué escribías?

– Una novela, mentí.

– ¿Ah, sí? ¿y de qué trata?

– Eso nunca se sabe hasta el final… Además, no tengo mucha experiencia.

– Ah, ¿es la primera?

– La primera y la última.

– ¿Y eso?

– Pues porque yo soy el personaje.

Dio una gran carcajada. Reía y reía y yo terminé también riendo de buena gana. Había algo, a pesar de la desconfianza, que me impulsaba a seguir adelante. Quizá fuera el peligro, quizá fuera la pulsión del rock y las copas, quizá el tiempo que hacía que no estaba con una mujer bonita, riéndonos juntos y hablando, algo me impulsaba a seducirla, a ver qué pasaba si llegaba un poquito más lejos.

– ¿Y qué se te perdió en Almería?, preguntó ella.

– Un amigo escritor me lo aconsejó, de hecho, igual lo conoces, es de aquí… Se llama Joaquín Ruano.

– ¿Ruano…? No, lo siento, no me dice nada, ¿qué ha escrito?

– Nada.

– Vaya, dijo riendo de nuevo, ¿y por qué tendría que conocerlo entonces?

– Pues porque es el vecino del piso de abajo del loco, o por lo menos lo era hasta hace un par de años, cuando se fue a vivir a París.

– Ah, pues ni idea, porque además yo hace un par de años todavía no estaba trabajando allá.

– Sus padres viven todavía allí.

– Pues no sé, además yo de ese edificio sólo conozco al loco.

Decidí dejar de interrogarla, me sentí de repente muy cansado de Ruano, de su historia y la mía, que sólo quería olvidar de una vez por todas, y empecé a hablar con Silvia, a hablarle de literatura, a sacarla de esa realidad que ella también quería olvidar y que estaba compuesta de turnos, de borrachos, de fracasos, de cansancio y de un olor a fritanga que no se quitaba del cuerpo ni después de ducharse. Me levanté para ir al baño y me di cuenta de que estaba borracho, y la miré a ella y vi que también estaba borracha, y entonces mandé al carajo el baño y le di un largo beso, un beso que se encadenó con otros besos desesperados y que dio paso a caricias cada vez más calientes.

– Vamos a mi hotel, dije al fin.

– Vamos, dijo ella mirándome desde sus bonitos ojos negros.

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34. 35, 36 y 37

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Hoy he vuelto a la casa de Ruano. Tras pasar un buen rato tocando he decidido apostarme en el bar de la esquina, donde he estado vigilando sin resultado alguno.

 

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Hoy he vuelto a la casa de Ruano. Tras pasar un buen rato tocando he decidido apostarme en el bar de la esquina, donde he estado vigilando sin resultado alguno.

 

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Hoy he vuelto a la casa de Ruano. Tras pasar un buen rato tocando he decidido apostarme en el bar de la esquina, donde he estado vigilando sin resultado alguno.

 

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 Hoy he vuelto a la casa de Ruano. Tras pasar un buen rato tocando he decidido apostarme en el bar de la esquina, donde he estado vigilando sin resultado alguno.

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